El grupo comenzó su actuación puntual, a las 10 de la noche, ante un público entregado, a pesar de la intermitente lluvia que cayó durante todo el espectáculo. Con Brian Johnson al micrófono, Cliff Williams extrayendo rugidos de su bajo, Phil Rudd machacando la batería y los Young rasgando sus guitarras hasta decir basta, AC/DC sirvió en bandeja de plata un recital a la altura de las expectativas.
Entre Big Jack y la poderosa Black Ice, composiciones ambas del nuevo álbum, se coló la intergeneracional Thunderstruck, que provocó una explosión de júbilo aderezado con las contorsiones que el sesentón Johnson regalaba a la audiencia congregada.
Con el concierto enfilando su última recta, el grupo deleitó con himnos del calibre de Whole Lotta Rosie -con una muñeca hinchable sobre el escenario- y, sobre todo, Let's There Be Rock, en la que Angus Young mostró su virtuosismo con un solo de 7 minutos en el que, incluso, llegó a tocar con una sola mano.
Pero antes de despedirse, AC/DC entonó su canción más conocido, Highway to Hell, que con el propio Angus ataviado con sendos cuernos demoníacos, puso a saltar a todo el Calderón, de forma que las gradas del estadio temblaron como un flan. Y el domingo más, pero esta vez en Barcelona.